
Por Ángel Sánchez Borges
Jamás, desde sus inicios, el llamado Encuentro Internacional de Jazz y Música Viva ha logrado justificar su pretensión y en calidad, a veces mayor a veces menor, jamás a justificado la acrítica “delegación” de recursos económicos a su coordinador, Omar Tamez, por parte de las autoridades culturales, que por cierto ha utilizado en su beneficio el festival, al tomarse las atribuciones de estar siempre en el escenario compartiendo con sus amigos extranjeros que le hacen el jueguito. Como en muchos otros casos en la ciudad, “yo juego con mi balón, en mi cancha, con mis porterías y yo invito a quien yo quiero para jugar, le llamo en un ataque eufemista, festival de carácter mundial y voilá”.
Es sencillo, si esto es el ejemplo de un proyecto de impacto jazzístico y musical real en Monterrey, estamos en la lona; si las autoridades culturales se siguen tragando este proyecto como de significación jazzística y musical, estamos muertos. Año con año el festivalito ha visto obviamente reducido su alcance y su impacto, y definitivamente alguien tiene que parar estos cuentos, ya que constancia no es necesariamente evolución. A Omar se le ha planteado en diversos momentos (o cuando menos yo lo he hecho) donde está el reflejo del quehacer jazzístico local, donde está el jazz mexicano, donde están los criterios para invitar a la gente, o cuáles son las bases para que en cada emisión esté el baterista Ramón López quien ya mejor debería venir a vivir a Monterrey y ahorrarnos los boletos transcontinentales.
Pero Omar hace oídos sordos, le gusta despreciar, le gusta pensar que sólo él está capacitado, que nadie más que él en Monterrey sabe auténticamente de música, que nadie está a su altura, y quienes lo conozcan saben que no miento, Omar no tiene criterios, tiene supersticiones; cuando lo oyes, y más cuando toca con sus amigos extranjeros, denota que es un músico menor (y el que no me crea que vaya al festival), saludó años con sombrero ajeno que era la gran calidad de su hermano Emilio, pero ahora, divorciado del eterno duo, Omar se erige en Monterrey como el detentador del espíritu jazz, aunque en realidad es sólo un personaje como varios en el ámbito de la cultura oficial en Monterrey: un desorientado más.
Tamez no ha querido jamás invitar a algún músico mexicano de peso en el jazz mexicano aduciendo que le cobran más que los extranjeros, pero con ello ha creado una especie de candado mental para su trabajo y su obra, porque este país joder, ¡no lo merece!, de tal manera que en ese aislamiento pueblerino, es que sigue organizando su fiestita anual, que lo aisla de cobrar una relevancia real en el contexto musical mexicano, y que para los villamelones es la oportunidad para simular el papel de públicos expertos, porque eso es a lo único que llega este remedo de festival de jazz, a una especie de representación cómica, en donde los “expertos” sorprenden a los públicos neofitos, con algo de free jazz, que los otros juegan a entender; en general, un festival de una música que en la ciudad, usualmente es sonido de fondo de bares y que en los teatros, como en este caso, se eleva cuando mucho a sátira.